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último esfuerzo ocho o diez pistolas   que Porthos jugó. Desgraciadamente, estaba en mala vena: perdió todo, además de veinticinco pistolas sobre palabra.   
   Entonces los apuros se convirtieron en penuria: se vio a los hambrientos seguidos de sus lacayos correr las   calles y los cuerpos de guardia, trincando de sus amigos de fuera todas las cenas que pudieron encontrar; porque, siguiendo la opinión de Aramis, en la prosperidad había que sembrar comidas a diestro y siniestro para   recoger algunas en la desgracia.   
   Athos fue invitado cuatro veces y llevó cada vez a sus amigos con sus criados. Porthos tuvo seis ocasiones a   hizo lo propio con sus camaradas; Aramis tuvo ocho. Era un hombre que, como se habrá podido comprender, hacía poco ruido y mucha tarea.   
   En cuanto a D'Artagnan, que no conocía aún a nadie en la capital, no halló más que un desayuno de   chocolate en casa de un cura de su región, y una cena en casa de un corneta de los guardias. Llevó su ejército   a casa del cura, a quien devoraron sus provisiones de dos meses, y a casa del corneta, que hizo maravillas;   pero, como decía Planchet, sólo se come una vez, aunque se coma mucho.   
   D'Artagnan se encontró, pues, bastante humillado por no tener mas que una comida y media -porque el   desayuno en casa del cura no podía contar más que por media comida- que ofrecer a sus compañeros a   cambio de los festines que se habían procurado Athos, Porthos y Aramis. Se creía en deuda con la sociedad,   olvidando, en su buena fe completamente juvenil, que él había alimentado a aquella compañía durante un mes,   y su espíritu inquieto se puso a trabajar activamente. Reflexionó que aquella coalición de cuatro hombres   jóvenes, valientes, emprendedores y activos debía tener otra meta que paseos contoneándose, lecciones de   esgrima y bromas más o

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