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   cuerpo hemos decidido que había que hacer un noviciado, colocad a ese joven en la compañía de los guardias   del señor Des Essarts, vuestro cuñado. ¡Ah, pardiez, Tréville! Me regocijo con la mueca que va a hacer el   cardenal; estará furioso, pero me da lo mismo; estoy en mi derecho.   
   Y el rey saludó con la mano a Tréville, que salió y vino a reunirse con sus mosqueteros, a los que encontró   repartiendo con D'Artagnan las cuarenta pistolas.   
   Y el cardenal, como había dicho Su Majestad, se puso efectivamente furioso, tan furioso que durante ocho   días abandonó el juego del rey, lo cual no impedía al rey ponerle la cara más encantadora del mundo, y todas las veces que lo encontraba preguntarle con su voz más acariciadora:   -Y bien, señor cardenal, ¿cómo van ese pobre Bernajoux y ese pobre Jussac, que son vuestros?   

   CAPÍTULO VII   LOS MOSQUETEROS POR DENTRO   

   Cuando D'Artagnan estuvo fuera del Louvre y hubo consultado a sus amigos sobre el empleo que debía hacer   de su parte de las cuarenta pistolas, Athos le aconsejó que encargase una buena comida en la Pomme de Pin, Porthos que tomase un lacayo, y Aramis que se echase una amante conveniente.   
   La comida se celebró aquel mismo día, y el lacayo sirvió la mesa. La comida había sido encargada por Athos   y el lacayo proporcionado por Porthos. Era un picardo al que el glorioso mosquetero había contratado aquel   mismo día y para esta ocasión en el puente de la Tournelle, mientras hacía círculos al escupir en el agua.   
   Porthos había pretendido que tal ocupación era prueba de una organización reflexiva y contemplativa, y lo   había llevado sin más recomendación. La gran cara de aquel gentilhombre, a cuya cuenta se creyó contratado,   había seducido a Planchet -tal era el nombre del picardo-;

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