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cardenal de dejar Paris para volver a La Rochelle, salió de su capital todo aturdido aún por la nueva que acababa de esparcirse de que Buckingham acababa de ser asesinado.
Aunque prevenida de que el hombre al que tanto había amado corría un peligro, la reina, cuando se le anunció esta muerte, no quiso creerla; ocurrió incluso que exclamó imprudentemente: -¡Es falso! Acaba de escribirme.
Pero al día siguiente tuvo que creer en aquella fatal noticia: La Porte, retenido como todo el mundo en Inglaterra por las órdenes del rey Carlos I, llegó portador del último y fúnebre presente que Buckingham enviaba a la reina.
La alegría del rey había sido muy viva ; no se molestó siquiera en disimularla a incluso la hizo estallar con afectación ante la reina. A Luis XIII, como a todos los corazones débiles, le faltaba generosidad.
Mas pronto el rey se volvió sombrío y con mala salud; su frente no era de aquellas que se aclaran durante mucho tiempo; sentía que al volver al campamento iba a recuperar su esclavitud, y, sin embargo, volvía allí.
El cardenal era para él la serpiente fascinadora; y él, él era el pájaro que revolotea de rama en rama sin poder escapar.
En torno suyo no tenía más que enemigos.
Por eso el regreso hacia La Rochelle era profundamente triste. Nuestros cuatro amigos causaban el asombro de sus camaradas; viajaban juntos, codo con codo, la mirada sombría, la cabeza baja. Athos alzaba de vez en cuando sólo su amplia frente: un destello brillaba en sus ojos, una sonrisa amarga pasaba por sus labios; luego, semejante a sus camaradas, se dejaba ir de nuevo en sus ensoñaciones.
Tan pronto como llegaba la escolta a una villa, cuando habían conducido al rey a su alojamiento, los cuatro amigos se retiraban o a la habitación