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sobre el horizonte rojizo.   
   Milady, durante el trayecto, había conseguido soltar la cuerda que ataba sus pies; al llegar a la orilla, saltó   con ligereza a tierra y tomó la huida.   
   Pero el suelo estaba húmedo; al llegar a lo alto del talud, resbaló y cayó de rodillas.   
   Una idea supersticiosa la hirió indudablemente; comprendió que el cielo le negaba su ayuda y permaneció en   la actitud en que se encontraba, con la cabeza inclinada y las manos juntas.   
   Entonces, desde la otra orilla, se vio al verdugo alzar lentamente sus dos brazos; un rayo de luna se reflejó   sobre la hoja de su larga espada; los dos brazos cayeron y se oyó el silbido de la cimitarra y el grito de la   víctima. Luego, una masa truncada se abatió bajo el golpe.   
   Entonces el verdugo se quitó su capa roja, la extendió en tierra, depositó allí el cuerpo, arrojó allí la cabeza,   la ató por las cuatro esquinas, se la echó al hombro y volvió a subir a la barca.   
   Llegado al centro del Lys, detuvo la barca, y, suspendido su fardo sobre el río:   -¡Dejad pasar la justicia de Dios! -gritó en voz alta.   
   Y dejó caer el cadáver a lo más profundo del agua, que se cerró sobre él.   
   Tres días después, los cuatro mosqueteros entraban en Paris; estaban dentro de los límites de su permiso, y   la misma noche fueron a hacer su visita acostumbrada al señor de Tréville.   
   -Y bien, señores -les preguntó el bravo capitán-, ¿os habéis divertido en vuestra excursión?   -Prodigiosamente -respondió Athos con los dientes apretados.   

   CAPÍTULO LXVII   CONCLUSIÓN   

   El 6 del mes siguiente, el rey, cumpliendo la promesa que había hecho al

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