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periódico y monótono. Aquí y allá, en la llanura, a izquierda y derecha del camino que seguia el lúgubre cortejo, aparecían algunos árboles bajos y achaparrados que parecían enanos disformes acuclillados para acechar a los hombres en aquella hora siniestra.
De vez en cuando un largo relámpago abría el horizonte en toda su amplitud, serpenteaba por encima de la masa negra de árboles y venía como una espantosa cimitarra a cortar el cielo y el agua en dos partes. Ni un soplo de viento pasaba por la pesada atmósfera. Un silencio de muerte aplastaba toda la naturaleza; el suelo estaba húmedo y resbaladizo por la lluvia que acababa de caer, y las hierbas reanimadas despedían su olor con más energía.
Dos criados arrastraban a Milady, teniéndola cada uno por un brazo; el verdugo caminaba detrás, y lord de Winter, D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis caminaban detrás del verdugo.
Planchet y Bazin venían los últimos.
Los dos criados conducían a Milady por la orilla del río. Su boca estaba muda; pero sus ojos hablaban con una elocuencia inexpresable, suplicando ya a uno ya a otro de los que ella miraba.
Cuando se encontraba a algunos pasos por delante, dijo a los criados: -Mil pistolas a cada uno de vosotros si protegéis mi fuga; pero si me entregáis a vuestros amigos, tengo aquí cerca vengadores que os harán pagar cara mi muerte.
Grimaud dudaba. Mosquetón temblaba con todos sus miembros.
Athos, que había oído la voz de Milady, se acercó rápidamente; lord de Winter hizo otro tanto.
-Que se vuelvan estos criados -dijo-, les ha hablado, no son ya seguros.
Llamaron a Planchet y Bazin, que ocuparon el sitio de Grimaud y