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jueces, ¿cuál es la pena a que condenáis a esta mujer? -La pena de muerte -respondieron con voz sorda los dos mosqueteros.
Milady lanzó un aullido horroroso y dio algunos pasos hacia sus jueces arrastrándose de rodillas.
Athos extendió las manos hacia ella.
-Anne de Breuil, condesa de La Fère, milady de Winter -dijo-, vuestros crímenes han cansado a los hombres en la tierra y a Dios en el cielo. Si sabéis alguna oración, decidla, porque estáis condenada y vais a morir.
A estas palabras que no dejaban ninguna esperanza, Milady se alzó en toda su estatura y quiso hablar, pero las fuerzas le faltaron; sintió que una mano potente a implacable la cogía por lo pelos y la arrastraba tan irrevocablemente como la fatalidad arrastra al hombre: no trató siquiera de hacer resistencia y salió de la cabaña.
Lord de Winter, D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis salieron detrás de ella. Los criados siguieron a sus amos y la habitación quedó solitaria con su ventana rota, su puerta abierta y su lámpara humeante que ardía tristemente sobre la mesa.
CAPÍTULO LXVI LA EJECUCIÓN
Era medianoche aproximadamente; la luna, escoltada por su menguante y ensangrentada por las últimas huellas de la tormenta, se alzaba tras la pequeña aldea de Armentières, que destacaba sobre su claridad macilenta la silueta sombría de sus casas y el esqueleto de su alto campanario recortado a la luz. Enfrente, el Lys hacía rodar sus aguas semejantes a un río de estaño fundido, mientras que en la otra orilla se veía la masa negra de los árboles perfilarse sobre un cielo tormentoso invadido por gruesas nubes de cobre que hacían una especie de crepúsculo en medio de la noche. A la izquierda se alzaba un viejo molino abandonado, de aspas inmóviles, en cuyas ruinas una lechuza dejaba oír su grito agudo,