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apagado el relámpago, todo volvía a la oscuridad.   
   A cada momento Athos invitaba a D'Artagnan, siempre a la cabeza de la pequeña tropa, a ocupar su puesto,   que al cabo de un instante abandonaba de nuevo; no tenía más que un pensamiento: ir hacia adelante, e iba.   
   Cruzaron en silencio la aldea de Festubert, donde se había quedado el doméstico herido, luego bordearon el   bosque de Richebourg; llegados a Herlies, Planchet, que seguía dirigiendo la columna, torció a a izquierda.   
   Varias veces, lord de Winter, Porthos o Aramis, habían tratado de dirigir la palabra al hombre de la capa roja;   pero a cada pregunta que le había sido hecha, él se había inclinado sin responder. Los viajeros habían   comprendido entonces que había una razón para que el desconocido guardase silencio, y habían dejado de   dirigirle la palabra.   
   Además, la tormenta crecía, los relámpagos se sucedían rápidamente, el trueno comenzaba a gruñir, y el   viento, precursor del huracán, silbaba en la llanura, agitando las plumas de los caballeros.   
   La cabalgada se lanzó a galope tendido.   
   Un poco más allá de Fromelles, la tormenta estalló; desplegaron las capas; quedaban aún tres leguas por   hacer: las hicieron bajo torrentes de lluvia.   
   D'Artagnan se había quitado su sombrero de fieltro y no se había puesto la capa; sentía placer en dejar   correr el agua sobre su frente ardiente y sobre su cuerpo agitado por escalofríos febriles.   
   En el momento que la pequeña tropa hubo pasado Goskal a iba a llegar a la posta, un hombre, refugiado   bajo un árbol, se separó del tronco con el que había permanecido confundido en la oscuridad, y avanzó hasta   el medio de la ruta, poniendo sus dedos sobre sus labios.   
   Athos reconoció a Grimaud.   

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