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A las ocho de la noche, Athos dio la orden de ensillar los caballos e hizo avisar a lord de Winter y a sus amigos de que se preparasen para la expedición.
En un instante todos estuvieron preparados. Cada uno inspeccionó las armas y las puso a punto. Athos bajó el primero y encontró a D'Artagnan ya a caballo a impacientándose.
-Paciencia -dijo Athos-, nos falta todavía uno.
Los cuatro caballeros miraron en torno suyo con sorpresa, porque buscaban inúltimente en su mente quién era aquel que podía faltarles.
En aquel momento Planchet trajo el caballo de Athos; el mosquetero saltó con ligereza a la silla.
-Esperadme -dijo-, vuelvo.
Y partió a galope.
Un cuarto de hora después volvió, efectivamente, acompañado de un hombre enmascarado y envuelto en una gran capa roja.
Lord de Winter y los tres mosqueteros se interrogaron con la mirada. Ninguno de ellos pudo informar a los otros, porque todos ignoraban quién era aquel hombre. Sin embargo, pensaron que aquello debía ser así, puesto que se hacía por orden de Athos.
Era triste al aspecto de aquellos seis hombres corriendo en silencio, sumidos cada cual en su pensamiento, taciturnos como la desesperación, sombríos como el castigo.
CAPÍTULO LXV EL JUICIO
Era una noche tormentosa y lúgubre, gruesas nubes corrían por el cielo velando la claridad de las estrellas; la luna no debía aparecer hasta medianoche.
A veces, a la luz de un relámpago que brillaba en el horizonte, se vislumbraba la ruta que se desorrollaba blanca y solitaria; luego,