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-¡Oh! Aunque no viera más que la pluma de su sombrero, la punta de su capa, lo reconocería.
Milady seguía vistiéndose.
-No importa, ¿decís que ese hombre viene hacia aquî? -Sí, ha entrado.
-Es para vos o para mí.
-¡Oh, Dios mío, qué agitada parecéis! -Sí, lo confieso, yo no tengo vuestra confianza, temo cualquier cosa del cardenal.
-¡Chis! -dijo la señora Bonacieux-. Alguien viene.
Efectivamente, la puerta se abrió y entró la superiora.
- Sois vos la que llegáis de Boulogne? -preguntó a Milady.-Sí, soy yo -respondió ésta tratando de recuperar su sangre fría-. ¿Quién pregunta por mí?-Un hombre que no quiere decir su nombre, pero que viene de parte del cardenal. -¿Y qué quiere decirme? -preguntó Milady.
-Que quiere hablar con una dama que ha llegado de Boulogne.
-Entonces hacedlo entrar, señora, os lo ruego.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! -dijo la señora Bonacieux-. ¿Será alguna mala noticia? -Tengo miedo.
-Os dejo con ese extraño, pero tan pronto como se marche, volveré si me lo permitís.
-¡Cómo no! Os lo suplico.
La superiora y la señora Bonacieux salieron.
Milady se quedó sola, fijos los ojos en la puerta; un instante después se oyó el ruido de espuelas que resonaban en las escaleras, luego los pasos se acercaron, luego la puerta se abrió y apareció un hombre.
Milady lanzó un grito de alegría: aquel hombre era el conde de Rochefort, el instrumento ciego de Su Eminencia.
CAPÍTULO LXII DOS VARIEDADES DE DEMONIOS
-¡Ah! -exclamaron al mismo tiempo Rochefort y Milady-. ¡Sois vos! -Sí,