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de las formalidades de costumbre por la sonrisa afable y las maneras galantes de un viejo gobernador del puerto que le besó la mano, no se quedó en Boulogne más que el tiempo de poner en la posts una carts concebida en estos términos: «A Su Eminencia Monseñor el Cardenal de Richelieu, en su campamento ante La Rochelle. Monseñor que Vuestra Eminencia se tranquilice; Su Gracia el duque de Buckingham no partirá hacia Francia. Boulogne, 25 por la noche. Milady ***. » «P. S. Según los deseos de Vuestra Eminencia, me dirijo al convento de las Carmelitas de Béthune, donde esperaré sus órdenes. » Efectivamente, aquella misma noche Milady se puso en camino; la cogió la noche: se detuvo y durmió en un albergue; luego, al día siguiente, a las cinco de la mañana, partió, y tres horas después entró en Béthune.
Se hizo indicar el convento de las Carmelitas, y entró en él al punto.
La superiora vino ante ella: Milady le mostró la orden del cardenal, la abadesa le hizo dar la habitación y servir de desayunar.
Todo el pasado se había borrado ya a los ojos de esta mujer, y, con la mirada puesta en el porvenir, no veía más que la alta fortuna que le reservaba el cardenal, a quien tan felizmente había servido, sin que su nombre se hubiera mezclado para nada con aquel sangriento asunto. Las pasiones siempre nuevas que la consumían daban a su vida las apariencias de esas nubes que vuelan en el cielo, reflejando tan pronto el azul, tan pronto el fuego, tan pronto el negro opaco de la tempestad, y que no dejan más rastros sobre la tierra que la devasta ción y la muerte.
Tras el desayuno, la abadesa vino a visitarla: hay pocas distracciones en el claustro, y la buena superiora tenía prisa por trabar conocimiento con su nueva pensionista.
Milady quería agradar a la abadesa; ahora bien, era cosa fácil para aquella mujer tan realmente superior; trató de ser amable: fue