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-Amigo -dijo D'Artagnan-, media pistola por ese papel.   
   -Con mucho gusto, señor; aquí lo tenéis.   
   El mozo de cuadra, encantado del buen día que había hecho, regresó al patio del hostal; D'Artagnan   desplegó el papel.   
   -¿Y bien? -preguntaron sus amigos rodeándolo.   
   -¡Nada más que una palabra! -dijo D'Artagnan.   
   -Sí -dijo Aramis-, pero ese nombre es un nombre de villa o de aldea.   
   -Armentiéres -leyó Porthos-. Armentières, no conozco eso.   
   -¡Y ese nombre de villa o de aldea está escrito de su mano! -exclamó Athos.   
   -Vamos, vamos, guardemos cuidadosamente este papel -dijo D'Artagnan-, quizá no haya perdido mi última   pistola. A caballo, amigos míos, a caballo.   
   Y los cuatro compañeros se lanzaron al galope por la ruta de Béthune.   

   CAPÍTULO LXI   EL CONVENTO DE LAS CARMELITAS DE BÉTHUNE   

   Los grandes criminales llevan con ellos una especie de predestinación que los hace superar todos los   obstáculos, que los hace escapar de todos los peligros, hasta el momento en que la Providencia, cansada, ha   marcado por escollo de su fortuna impía.   
   Así ocurría con Milady; pasó a través de los cruceros de las dos naciones, y arribó a Boulogne sin ningún   accidente.   
   Y si al desembarcar en Portsmouth Milady era una inglesa a quienes las persecuciones de Francia echaban de   La Rochelle, al desembarcar en Boulogne, tras dos días de travesía, se hizo pasar por una francesa a quien los   ingleses molestaban en Portsmouth, por el odio que habían concebido contra Francia.   
   Milady tenía por otro lado el más eficaz de los pasaportes: su belleza, su gran aspecto y la generosidad con   que repartía las pistolas. Ex¡mida

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