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   En cuanto al segundo navío, más tarde diremos a quién llevaba y cómo partió.   
   Durante este tiempo, por lo demás, nada nuevo en el campo de La Rochelle; sólo el rey, que se aburría   mucho, como siempre, pero quizá aún un poco más en el campamento que en otra parte, resolvió ir de   incógnito a pasar las fiestas de San Luis a Saint-Germain, y pidió al cardenal hacerle preparar una escolta de   veinte mosqueteros solamente. El cardenal, a quien a veces ganaba el aburrimiento del rey, concedió con gran   placer aquel permiso a su real lugarteniente, que prometió estar de regreso hacia el 15 de septiembre.   
   El señor de Tréville avisado por Su Eminencia, hizo su maletín de grupa, y como, sin saber el motivo, conocía   el vivo deseo a incluso la imperiosa necesidad que sus amigos tenían de volver a Paris, los designó, por supuesto, para formar parte de la escolta.   
   Los cuatro jóvenes supieron la noticia un cuarto de hora después que el señor de Tréville, porque fueron los   primeros a quienes se la comunicó. Fue entonces cuando D'Artagnan apreció el favor que le había otorgado el cardenal al hacerle formar parte por fin de los mosqueteros: sin esta circunstancia, se habría visto obligado a   permanecer en el campamento mientras sus compañeros partían.   
   Más tarde se verá que esta impaciencia de dirigirse a Paris tenía por causa el peligro que debía correr la   señora Bonacieux al encontrarse en el convento de Béthune con Milady, su enemiga mortal. Por eso, como   hemos dicho, Aramis había escrito inmediatamente a Marie Michon, aquella costurera de Tours que tan buenos   conocimientos tenía, para que obtuviese que la reina diese autorización a la señora Bonacieux de salir del convento y retirarse bien a Lorraine, bien a Bélgica. La respuesta no se había hecho esperar, y ocho o diez días   después, Aramis había recibido

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