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sin poder, sin embargo, separar los ojos   de aquel esquife a bordo del cual creía sin duda distinguir el blanco fantasma de aquella a quien su vida iba a   ser sacrificada.   
   De Winter siguió su mirada, interrogó su sufrimiento y adivinó todo.   
   -Sé castigado solo primero, miserable -dijo lord de Winter a Felton, que se dejaba arrastrar con los ojos   vueltos hacia el mar-; pero lo juro, por la memoria de mi hermano a quien tanto amé, que tu cómplice no se ha salvado.   
   Felton bajó la cabeza sin pronunciar una palabra.   
   En cuanto a de Winter, bajó rápidamente la escalera y se dirigió al puerto.   

   CAPÍTULO LX   EN FRANCIA   

   El primer temor del rey de Inglaterra, Carlos I, al enterarse de esta muerte, fue que una noticia terrible   desalentase a los rochelleses; trató, dice Richelieu en sus Memorias, de ocultársela el mayor tiempo posible,   haciendo cerrar los puertos por todo su reino y teniendo especial cuidado de que ningún bajel saliese hasta que   el ejército que Buckingham aprestaba hubiera partido, encargándose él mismo, a falta de Buckingham, de   supervisar la marcha.   
   Llevó incluso la severidad de esta orden hasta mantener en Inglaterra al embajador de Dinamarca, que se   había despedido, y al embajador ordinario de Holanda, que debía llevar al puerto de Flessingue los navíos de   Indias que Carlos I había hecho devolver a las Provincias Unidas.   
   Mas como pensó dar esta orden sólo cinco horas después del suceso, es decir, a las dos de la tarde, ya   habían salido del puerto dos navíos: el uno llevando, como sabemos, a Milady, la cual, sospechando ya el acontecimiento, fue confirmada en su creencia al ver el pabellón negro desplegarse en el mástil del bajel   almirante.   

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