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corderos, y que no tienen más que un deseo, de eso me hago   responsable: y es que su espada no salga de la vaina más que para el servicio de Vuestra Majestad. Pero, qué   queréis, los guardias del señor cardenal están buscándoles pelea sin cesar, y por el honor mismo del cuerpo los   pobres jóvenes se ven obligados a defenderse.   
   -¡Escuchad al señor de Tréville! -dijo el rey-. ¡Escuchadle! ¡Se diría que habla de una comunidad religiosa! En   verdad, mi querido capitán, me dan ganas de quitaros vuestro despacho y dárselo a la señorita de Chemerault,   a quien he prometido una abadía. Pero no penséis que os creeré sólo por vuestra palabra. Me llaman Luis el   Justo, señor de Tréville, y ahora mismo lo veremos.   
   -Porque me fío de esa justicia, Sire, esperaré paciente y tranquilo el capricho de Vuestra Majestad.   
   -Esperad pues, señor, esperad -dijo el rey-, no os haré esperar mucho.   
   En efecto, la suerte cambiaba, y como el rey empezaba a perder lo que había ganado, no era difícil encontrar   un pretexto para hacer -perdónesenos esta expresión de jugador, cuyo origen, lo confesamos, lo desconocemos- para hacer el carlomagno. El rey se levantó, pues, al cabo de un instante y, metiendo en su   bolsillo el dinero que tenía ante sí y cuya mayor parte procedía de su ganancia, dijo:   -La Vieuville, tomad mi puesto, tengo que hablar con el señor de Tréville por un asunto de importancia...   ¡Ah!..., yo tenía ochenta luises ante mí; poned la misma suma, para que quienes han perdido no tengan   motivos de queja. La justicia ante todo.   
   Luego, volviéndose hacia el señor de Tréville y caminando con él hacia el vano de una ventana, continuó:   -Y bien, señor, vos decís que son los guardias de la Eminentísima los que han buscado pelea a vuestros mosqueteros.   

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