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más que el mástil de la balandra.
En seguida corrió en dirección de Portsmouth, cuyas torres y casas veía dibujarse frente a él, a media milla aproximadamente, en la bruma de la mañana.
Más allá de Portsmouth, el mar estaba cubierto de bajeles, cuyos mástiles se veían, semejantes a un bosque de álamos despojados por el invierno, balancearse bajo el soplo del viento.
En su marcha rápida, Felton repasaba lo que diez años de medita ciones ascéticas y una larga estancia en medio de los puritanos le habían proporcionado de acusaciones verdaderas o falsas contra el favorito de Jacobo VI y de Carlos I.
Cuando comparaba los crímenes públicos de este ministro, crímenes brillantes, crímenes europeos, si así se podía decir, con los crímenes privados y desconocidos con que lo había cargado Milady, Felton encontraba que el más culpable de los dos hombres que en sí contenía Buckingham era aquel cuya vida no conocía el público. Es que su amor tan extraño, tan nuevo, tan ardiente, le hacía ver las acusaciones infames a imaginarias de lady de Winter como se ve a través de un cristal de aumento, en el estado de monstruos espantosos, los imperceptibles átomos en realidad comparados con un hormiga.
La rapidez de su carrera encendía aún su sangre: la idea de que detrás de sí dejaba, expuesta a una venganza espantosa, a la mujer que amaba o mejor, la que adoraba como a una santa, la emoción pasada, su fatiga presente, todo exaltaba su alma por encima de los sentimientos humanos.
Entró en Portsmouth hacia las ocho de la mañana; toda la población estaba en pie; el tambor batía en las calles y en el puerto; las tropas de embarque descendían hacia el mar.
Felton llegó al palacio del Almirantazgo cubierto de polvo y chorreando