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cómo había escalado la muralla colocando en los intersticios de las piedras,   a medida que subía, crampones, para asegurar sus pies, y cómo, finalmente, llegado a los barrotes, había   atado la escala. Milady sabía lo demás.   
   Por su parte, Milady trató de alentar a Felton en su proyecto; pero a las primeras palabras que salieron de su   boca, vio de sobra que el joven fanático tenía más necesidad de ser moderado que reafirmado.   
   Convinieron que Milady esperaría a Felton hasta las diez; si a las diez no estaba de vuelta, ella partiría.   
   En tal caso, suponiendo que estuviera libre, se reuniría con ella en Francia, en el convento de las Carmelitas   de Béthume.   

   CAPÍTULO LIX   LO QUE PASÓ EN PORTSMOUTH EL 23 DE AGOSTO DE 1628   

   Felton se despidió de Milady como un hermano que va a dar un simple paseo se despide de su hermana   besándole la mano.   
   Toda su persona aparecía en un estado de calma ordinaria: sólo un resplandor desacostumbrado brillaba en   sus ojos, semejante a un reflejo de fiebre; su frente estaba más pálida aún que de costumbre; sus dientes estaban apretados, y su palabra tenía un acento cortado y convulso que indicaba que algo sombrío se agitaba   en él.   
   Mientras estuvo sobre la barca que lo conducía a tierra, permaneció con el rostro vuelto hacia Milady que, de   pie sobre el puente, lo seguía con los ojos. Los dos estaban bastante tranquilos sobre el temor a ser perseguidos: nunca se entraba en la habitación de Milady antes de las nueve; y se necesitaban tres horas para   llegar desde el castillo a Londrés:   Felton use el pie en tierra, escaló la pequeña cresta que conducía a lo alto del acantilado, saludó a Milady por   última vez y tomó su camino hacia la ciudad.   
   Al cabo de cien pasos, como él terreno iba descendiendo, no podía ya ver

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