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había quedado en pie, llevó bajo el soportal del convento a Jussac, Cahusac y a aquel de los adversarios de   Aramis que sólo había sido herido. El cuarto, como ya hemos dicho, estaba muerto. Luego hicieron sonar la   campana y llevando cuatro de las cinco espadas se encaminaron ebrios de alegría hacia el palacio del señor de   Tréville.   
   Se les veía con los brazos entrelazados, ocupando todo lo ancho de la calle, y agrupando tras sí a todos los   mosqueteros que encontraban, por lo que, al fin, aquello fue una marcha triunfal. El corazón de D'Artagnan nadaba en la ebriedad, caminaba entre Athos y Porthos apretándolos con ternura.   
   -Si todavía no soy mosquetero -dijo a sus nuevos amigos al franquear la puerta del palacio del señor de   Tréville-, al menos ya soy aprendiz, ¿no es verdad?   

   CAPÍTULO VI   SU MAJESTAD EL REY LUIS XIII   

   El suceso hizo mucho ruido. El señor de Tréville bramó en voz alta contra sus mosqueteros, y los felicitó en   voz baja; pero como no había tiempo que perder para prevenir al rey el señor de Tréville se apresuró a dirigirse   al Louvre. Era demasiado tarde, el rey se hallaba encerrado con el cardenal, y dijeron al señor de Tréville que   el rey trabajaba y que no podía recibir en aquel momento. Por la noche, el señor de Tréville acudió al juego del   rey. El rey ganaba, y como su majestad era muy avaro, estaba de excelente humor; por ello, cuando el rey vio   de lejos a Tréville, dijo:   -Venid aquí, señor capitán, venid que os riña; ¿sabéis que Su Eminencia ha venido a quejárseme de vuestros   mosqueteros, y ello con tal emoción que esta noche Su Eminencia está enfermo? ¡Pero, bueno, vuestros mosqueteros son incorregibles, son gentes de horca!   -No, Sire-respondió Tréville, que vio a la primera ojeada cómo iban a desarrollarse las cosas-; no, todo lo   contrario, son buenas criaturas, dulces como

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