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Milady comprendió que estaba perdida si no daba a Felton una prueba inmediata y terrible de su valor.
-Os equivocáis, milord, la sangre correrá. ¡Ojalá esa sangre caiga sobre los que la hacen correr! Felton lanzó un grito y se precipitó hacia ella; era demasiado tarde: Milady se había golpeado.
Pero el cuchillo había encontrado, afortunadamente, deberíamos decir que hábilmente, la ballena de hierro que en esa época defendía como una coraza el pecho de las mujeres; se había deslizado desgarrando el vestido y había penetrado al bies entre la carne y las costillas.
El vestido de Milady no por ello quedó menos manchado de sangre en un segundo.
Milady había caído de espaldas y parecía desvanecida.
Felton arrancó el cuchillo.
-Ved, milord -dijo con aire sombrío-. ¡Ahí tenéis una mujer que estaba bajo mi custodia y que se ha matado! -Estad tranquilo, Felton -dijo lord de Winter-, no está muerta, los demonios no mueren tan fácilmente, tranquilizaos a id a esperarme en mi cuarto.
-Pero, milord.
-Id, os lo ordeno.
A esta conminación de su superior, Felton obedeció; pero, al salir, puso el cuchillo en su pecho.
En cuanto a lord de Winter, se contentó con llamar a la mujer que servía a Milady, y cuando hubo venido le recomendó a la prisionera que seguía desvanecida, y la dejó sola con ella.
Sin embargo, como en conjunto, pese a sus sospechas, la herida podía ser grave, envió al instante un hombre a caballo a buscar un médico.
CAPÍTULO LVIII EVASIÓN
Como había pensado lord de Winter, la herida de Milady no era peligrosa;