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bien!, entonces seréis libre, y yo mismo os daré el arma que me habéis pedido.
-¡De acuerdo! -dijo Milady-. Esperaré por vos.
-Juradlo.
-Lo juro por nuestro Dios. ¿Estáis contento? -Bien -dijo Felton-; hasta esta noche.
Y se precipitó fuera del cuarto, volvió a cerrar la puerta y esperó fuera, con el espontón del soldado en la mano, como si hubiera montado la guardia en su lugar.
Una vez vuelto el soldado, Felton le devolvió el arma.
Entonces, a través del postigo al que se había acercado, Milady vio al joven persignarse con un fervor delirante a irse por el corredor con un transporte de alegría.
En cuanto a ella, volvió a su puesto con una sonrisa de salvaje desprecio en sus labios, y repitió blasfemando ese nombre terrible de Dios por el que había jurado sin haber aprendido nunca a conocerlo.
-¡Mi Dios! -dijo ella-. ¡Fanático insensato! ¡Mi Dios soy yo, yo, y él quien me ayudará a vengarme!
CAPÍTULO LVI QUINTA JORNADA DE CAUTIVIDAD
Milady había llegado a la mitad del triunfo y el éxito obtenido redoblaba sus fuerzas.
No era difícil vencer, como lo había hecho hasta entonces, a hombres prontos a dejarse seducir y a quienes la educación galante de la corte arrastraba pronto a la trampa; Milady era bastante hermosa para no encontrar resistencia de parte de la carne, y era bastante hábil para pasar por encima de todos los obstáculos del espíritu.
Mas esta vez tenía que luchar contra una naturaleza salvaje, concentrada, insensible a fuerza de austeridad; la religión y la