Capítulo disponible en: Inglés
Francés
Italiano
Portugués
Rumano
Siguiente
que había encontrado a Milady de pie sobre el sillón en que ahora estaba sentada, y por encima de su cabeza divisó un gancho dorado, empotrado en el muro, y que servía para colgar bien los uniformes, bien las armas.
Temblaba, y la prisionera vio aquel temblor; porque aunque tuviera los ojos bajos, nada se le escapaba.
-¿Y qué hacéis de pie sobre ese sillón? -preguntó.
-¿Qué os importa? -respondió Milady.
-Deseo saberlo -contestó Felton.
-No me preguntéis -dijo la prisionera-; vos sabéis de sobra que a nosotros, los verdaderos cristianos, nos está prohibido mentir.
-Pues bien -dijo Felton-; voy a deciros lo que hacíais, o mejor, lo que ibais a hacer: ibais a acabar la obra fatal que alimentáis en vuestro espíritu; pensad, señora, que si nuestro Dios prohíbe la mentira, prohíbe mucho más severamente aún el suicidio.
-Cuando Dios ve a una de esas criaturas injustamente perseguida, colocada entre el suicidio y el deshonor, creedme, señor, -respondió Milady con un tono de profunda convicción-, Dios le perdona el suicidio; porque entonces el suicidio es el martirio.
-Decís demasiado o demasiado poco; hablad, señora, en nombre del cielo, explicaos.
-¿Que os cuente mis desgracias para que las tratéis de fábulas? ¿Que os diga mis proyectos para que vayáis a denunciarlos a mi perseguidor? No, señor. Además, ¿qué os importa la vida o la muerte de una infeliz condenada? Vos no responderéis más que de mi cuerpo, ¿no es as? Y con tal que presentéis un cadáver que sea reconocido por el mío, no se os exigirá más y quizá incluso tengáis recompensa doble.
-¡Yo, señora, yo! -exclamó Felton-. ¿Suponer que aceptaré el premio de vuestra vida? ¡Oh, no pensáis en lo que decís! -Dejadme hacer, Felton,