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Mas, aunque su voz dulce, plena y sonora vibró más armoniosa y más desgarradora que nunca, la puerta permaneció cerrada. En una de las miradas furtivas que lanzaba sobre un pequeño postigo, le pareció a Milady vislumbrar a través de la reja cerrada los ojos ardientes del joven; pero fuera realidad o visión, esta vez él tuvo sobre sí mismo el poder de no entrar.
Sólo que instantes después de que ella terminara su canto religioso, Milady creyó oír un profundo suspiro; luego los mismos pasos que había oído acercarse se alejaron lentamente y como con pesar.
CAPÍTULO LV CUARTA JORNADA DE CAUTIVIDAD
Al día siguiente, cuando Felton entró en la habitación de Milady, la encontró de pie, subida sobre un sillón, teniendo entre sus manos una cuerda tejida con la ayuda de algunos pañuelos de batista desgarrados en tiras trenzadas unas con otras atadas cabo con cabo; al ruido que Felton hizo al abrir la puerta, lady saltó con presteza al pie de su sillón, y trató de ocultar tras ella aquella cuerda improvisada que sostenía en la mano.
El joven estaba aún más pálido que de costumbre, y sus ojos enrojecidos por el insomnio indicaban que había pasado una noche febril.
Sin embargo, su frente estaba armada de una serenidad más austera que nunca.
Avanzó lantamente hacia Milady, que se había sentado, y cogiendo un cabo de la trenza asesina que por descuido, o adrede quizá, ella había dejado ver: -¿Qué es esto, señora? -preguntó fríamente.
-¿Esto? Nada -dijo Milady sonriendo con esa expresión dolorosa que tan bien sabía dar ella a su sonrisa-. El hastío es el enemigo mortal de los prisioneros, me aburría y me he divertido trenzando esta cuerda.
Felton dirigió los ojos hacia el punto del muro de la habitación ante el