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de sus ojos, hasta su gesto, hasta su respiración, que se podía interpretar como un suspiro. En fin ella   estudió todo, como hace un hábil cómico a quien se acaba de dar un papel nuevo en un puesto que no tiene la   costumbre de ocupar.   
   Respecto a lord de Winter su conducta era más fácil: también esta ba decidida desde la víspera. Permanecer   muda y digna en su presencia, irritarlo de vez en cuando por medio de un desdén afectado, por medio de una   palabra despectiva, empujarlo a amenazas y a violencias que hicieran contraste con su resignación, tal era su   proyecto. Felton vería: quizá no dijera nada; pero vería.   
   Por la mañana Felton vino como de costumbre; pero Milady le dejó presidir todos los preparativos del   desayuno sin dirigirle la palabra. Por eso, en el momento en que iba él a retirarse, ella tuvo un rayo de esperanza; porque creyó que era él quien iba a hablar; pero sus la-bios se movieron sin que ningún sonido   saliera de su boca, y haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, encerró en su corazón las palabras que iban a   escapar de sus labios, y salió.   
   Hacia mediodía, entró lord de Winter.   
   Hacía un hermoso día de invierno, y un rayo de ese pálido sol de Inglaterra que ilumina pero no calienta,   pasaba a través de los barrotes de la prisión.   
   Milady miraba por la ventana, y fingió no oír la puerta que se abría.   
   -¡Vaya vaya! -dijo lord de Winter-. Tras haber hecho comedia, tras haber hecho tragedia, ahora hacemos   melancolía.   
   La prisionera no respondió.   
   -Sí, sí -continuó lord de Winter-, comprendo; de buena gana quisierais estar en libertad en esa orilla; de   buena gana querríais, sobre un buen navío, hender las olas de ese mar verde como la esmeralda; querríais de

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