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   Milady reflexionaba que cuanta más gente la rodease más gente tendría que apiadar y más se redoblaría la   vigilancia de lord de Winter; además, el médico podría declarar que la enfermedad era fingida, y Milady, tras haber perdido la primera parte, no quería perder la segunda.   
   -Ir a buscar a un médico -dijo-, ¿para qué? Esos señores declararon ayer que mi mal era una comedia; sin   duda ocurriría lo mismo hoy; porque desde ayer noche han tenido tiempo de avisar al doctor.   
   -Entonces -dijo Felton impacientado-, decid vos misma, señora, qué tratamiento queréis seguir.   
   -¿Lo sé yo acaso? ¡Dios mío! Siento que sufro, eso es todo; me den lo que me den, poco me importa.   
   -Id a buscar a lord de Winter -dijo Felton cansado de aquellas quejas eternas.   
   -¡Oh, no, no! -exclamó Milady-. No señor, no lo llaméis, os lo ruego; estoy bien, no necesito nada, no lo   llaméis.   
   Puso una vehemencia tan prodigiosa, una elocuencia tan arrebata dora en esta exclamación, que Felton,   arrobado, dio algunos pasos dentro de la habitación.   
   «Está emocionado», pensó Milady.   
   -Sin embargo, señora -dijo Felton-, si sufrís realmente se enviará a buscar un médico, y si nos engañáis, pues   bien, entonces tanto peor para vos, pero al menos por nuestra parte no tendremos nada que reprocharnos.   
   Milady no respondió; pero echando hacia atrás su hermosa cabeza sobre la almohada, se fundió en lágrimas   y estalló en sollozos.   
   Felton la miró un instante con su impasibilidad ordinaria; luego, como la crisis amenazaba con prolongarse,   salió; la mujer lo siguió. Lord de Winter no apereció.   
   -Creo que empiezo a verlo claro -murmuró Milady con una alegría salvaje,

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