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   Una frase sobre todo volvía a la mente prisionera:   -Si te hubiera escuchado -había dicho lord de Winter a Felton.   
   Por tanto, Felton había hablado en su favor, puesto que lord de Winter no había querido escuchar a Felton.   
   -Débil o fuerte -repetía Milady-, ese hombre tiene un destello de piedad en su alma; de ese destelló haré yo   un incendio que lo devovará. En cuanto al otro, me conoce, me teme y sabe lo que tiene que esperar de mí si   alguna vez me escapo de sus manos; es, pues, inútil intentar nada sobre él. Pero Felton es otra cosa: es un   joven ingenuo, puro y que parece virtuoso; a éste hay un medio de perderlo.   
   Y Milady se acostó y se durmió con la sonrisa en los labios; quien la hubiera visto durmiendo la habría   supuesto una muchacha soñando con la corona de flores que debía poner sobre su frente en la próxima fiesta.   

   CAPITULO LIII   SEGUNDA JORNADA DE CAUTIVIDAD   

   Milady soñaba que por fin tenía a D'Artagnan, que asistía a su suplicio, y era la vista de su sangre odiosa   corriendo bajo el hacha del verdugo lo que dibujaba aquella encantadora sonrisa sobre sus labios.   
   Dormía como duerme un prisionero acunado por su primera esperanza.   
   Al día siguiente, cuando entraron en su cuarto, estaba todavía en su cama. Felton estaba en el corredor: traía   la mujer de que había hablado la víspera y que acababa de llegar; esta mujer entró y se aproximó a la cama de   Milady ofreciéndole sus servicios.   
   Milady era habitualmente pálida; su tez podia, pues, equivocar a una persona que la viera por primera vez.   
   -Tengo fiebre -dijo ella-; no he dormido un solo instante durante toda esta larga noche, sufro horriblemente;   ¿seréis vos más humana de lo que fueron ayer conmigo?   -¿Queréis que llame a un médico? -dijo la mujer.   
   Felton escuchaba este diálogo sin decir una palabra.   

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