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llenar hasta el borde, trituró el papel   y lo tragó.   
   -¡Bravo, maese Grimaud! -dijo Athos-. Y ahora tomad esto; bien, os dispenso de dar las gracias.   
   Grimaud tragó silenciosamente el vaso de vino de Burdeos, pero sus ojos alzados al cielo hablaban durante   todo el tiempo que duró esta dulce ocupación un lenguaje que no por ser mudo era menos expresivo.   
   -Y ahora -dijo Athos-, a menos que el señor cardenal tenga la ingeniosa idea de hacer abrir el vientre de   Grimaud, creo que podemos estar casi tranquilos.   
   Durante este tiempo Su Eminencia continuaba su paseo melancólico murmurando entre sus mostachos.   
   -¡Decididamente es preciso que estos cuatro hombres sean míos!   

   CAPÍTULO LII   PRIMERA JORNADA DE CAUTIVIDAD   

   Volvamos a Milady, a la que una mirada lanzada sobre las costas de Francia nos ha hecho perder la vista un   instante.   
   La volvemos a encontrar en la posición desesperada en que lo hemos dejado, ahondando un abismo de   sombrías reflexiones, sombrío infierno a cuya puerta ha dejado casi la esperanza; porque por primera vez duda, porque por vez primera siente miedo.   
   En dos ocasiones le ha fallado su fortuna, en dos ocasiones se ha visto descubierta y traicionada, y en estas   dos ocasiones ha sido contra el genio fatal enviado sin duda por el Señor para combatirla contra lo que ha   fracasado: D'Artagnan la ha vencido a ella, esa invencible potencia del mal.   
   El la ha engañado en su amor, humillado en su orgullo, hecho fracasar en su ambición, y ahora la pierde en   su fortuna, la golpea en su libertad, la amenaza incluso en su vida. Es más, ha alzado una punta de su   mascara, esa égida con que ella se cubre y que la vuelve tan fuerte.   

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