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nueva llegaba, ni siquiera enfadosa y   amenazadora.   
   Aunque La Rochelle estuviera bloqueada, por cierto que pudiera parecer el éxito gracias a las precauciones   tomadas y sobre todo al dique que no dejaba ya penetrar ningún barco en la ciudad asediada, sin embargo el bloqueo podia durar mucho tiempo todavía; y era una gran afrenta para las armas del rey y una gran molestia   para el señor cardenal, que ya no tenía, por cierto, que malquistar a Luis XIII con Ana de Austria, ya estaba   hecho, sino conciliar al señor de Bassompierre, que estaba malquistado con el duque de Angulema.   
   En cuanto a Monsieur, que había comenzado el asedio, dejaba al cardenal el cuidado de acabarlo.   
   La ciudad, pese a la increíble perseverancia de su alcalde, había intentado una especie de motín para   rendirse; el alcalde había hecho colgar a los amotinados. Esta ejecución calmó a las peores cabezas, que entonces se decidieron a dejarse morir de hambre. Esta muerte les parecía siempre más lenta y menos segura   que morir por estrangulamiento.   
   Por su parte, de vez en cuando, los sitiadores cogían mensajeros que los rochelleses enviaban a Buckingham,   o espías que Buckingham enviaba a los rochelleses. En uno y otro caso el proceso se hacía deprisa. El señor cardenal decía esta sola palabra: ¡Colgadlo! Se invitaba al rey a ver el ahorcamiento. El rey venía   lánguidamente, se ponía en primera fila para ver la operación en todos sus detalles: esto le distraía siempre   algo y le hacía tomar el asedio con paciencia, pero no le impedía aburrirse mucho ni hablar en todo momento   de volver a Paris, de suerte que, si hubieran faltado mensajeros y espías, Su Eminencia, a pesar de toda su imaginación, se habría encontrado en muchos apuros.   
   No obstante el paso del tiempo, los rochelleses no se rendían: el último espía que se había cogido era   portador de una carta. Esta carta decía a

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