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mujer, sobre todo si suponía que aquella mujer había actuado movida por un sentimiento de celos.
Esta suposición le pareció la más probable; creyó que querían vengarse del pasado y no ir al encuentro del futuro. Sin embargo, y en cualquier caso, se congratuló de haber caído en manos de su cuñado, de quien contaba sacar provecho, antes que entre las de un enemigo directo a inteligente.
-Sí, hablemos, hermano mío -dijo ella con una especie de jovialidad, decidida como estaba a sacar de la conversación, pese al disimulo que pudiera aportar a ella lord de Winter, las aclaraciones que necesitaba para regular su conducta futura.
-¿Os habéis, pues, decidido a volver a Inglaterra -dijo lord de Winter-, a pesar de la resolución que tan a menudo me manifestasteis en Paris de no volver a poner los pies sobre territorio de Gran Bretaña? Milady respondió a una pregunta con otra pregunta.
-Ante todo -dijo ella-, decidme cómo me habéis hecho espiar tan severamente para estar prevenidos de antemano no sólo de mi llegada, sino aun del día, de la hora y del puerto al que llegaba.
Lord de Winter adoptó la misma táctica que Milady, pensando que, puesto que su cuñada la empleaba, ésa debía ser la buena.
-Mas, decidme vos, mi querida hermana -prosiguió-, qué venís a hacer en Inglaterra.
-Pero si vengo a veros -prosiguió Milady, sin saber cuánto agravaba, con esta respuesta, las sospechas que había hecho nacer en el espíritu de su cuñado la carta de D'Artagnan, y queriendo sólo captar la benevolencia de su oyente con una mentira.
-¡Ah! ¿Verme? -dijo tímidamente lord de Winter.
-Claro, veros. ¿Qué hay de sorprendente en ello? -Y al venir a