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el colmo del estupor-. ¿Sois vos?   -Sí, hermosa dama -respondió lord de Winter haciendo un saludo mitad cortés, mitad irónico-, yo mismo.   
   -Pero, entonces, ¿este castillo?   -Es mío.   
   -¿Esta habitación?   -Es la vuestra.   
   -¿Soy, pues, vuestra prisionera?   -Más o menos.   
   -¡Pero esto es un horrendo abuso de fuerza!   -Nada de grandes palabras; sentémonos y hablemos tranquilamente, como conviene hacer entre un hermano   y una hermana.   
   Luego, volviéndose hacia la puerta, y viendo que el joven oficial esperaba sus últimas órdenes:   -Está bien -dijo-, gracias; ahora, dejadnos, señor Felton.   

   CAPÍTULO L   CHARLA DE UN HERMANO CON SU HERMANA   

   Durante el tiempo que lord de Winter tardó en cerrar la puerta, en echar un cerrojo y acercar un asiento al   sillón de su cuñada Milady, pensativa, hundió su mirada en las profundidades de la posibilidad, y descubrió toda la trama que ni siquiera había podido entrever mientras ignoró en qué manos había caído. Tenía a su cuñado   por un buen gentilhombre, cabal cazador, jugador intrépido, emprendedor con las mujeres, pero de fuerza inferior a la suya tratándose de intriga. ¿Cómo había podido descubrir su llegada? ¿Cómo hacerla prender? ¿Por   qué la retenía?   Athos le había dicho algunas palabras que probaban que la conversación que había mantenido con el   cardenal había caído en oídos extraños; pero no podía admitir que él hubiera podido cavar una contramina tan   pronta y tan audaz.   
   Temió más bien que sus precedentes operaciones en Inglaterra hubieran sido descubiertas. Buckingham   podia haber adivinado que era ella quien había cortado los dos herretes, y vengarse de aquella pequeña   traición; pero Buckingham era incapaz de entregarse a ningún exceso contra una

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