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en   cuanto al socarrón de Aramis, no le tenía demasiado miedo, y suponiendo que llegase hasta él, se encargaba   de despacharlo aunque parezca imposible, o al menos señalarle el rostro, como César había recomendado   hacer a los soldados de Pompeyo, dañar para siempre aquella belleza de la que estaba tan orgulloso.   
   Además había en D'Artagnan ese fondo inquebrantable de resolución que habían depositado en su corazón   los consejos de su padre, consejos cuya sustancia era: «No aguantar nada de nadie salvo del rey, del cardenal   y del señor de Tréville.» Voló, pues, más que caminó, hacia el convento de los Carmelitas Descalzados, o mejor   Descalzos, como se decía en aquella época, especie de construcción sin ventanas, rodeada de prados áridos, sucursal del Pré-aux-Clers, y que de ordinario servía para encuentros de personas que no tenían tiempo que   perder.   
   Cuando D'Artagnan llegó a la vista del pequeño terreno baldío que se extendía al pie de aquel monasterio,   Athos hacía sólo cinco minutos que esperaba, y daban las doce. Era por tanto puntual como la Samaritana y el más riguroso casuista en duelos no podría decir nada.   
   Athos, que seguía sufriendo cruelmente por su herida, aunque hubiera sido vendada a las nueve por el   cirujano del señor de Tréville, estaba sentado sobre un mojón y esperaba a su adversario con aquella   compostura apacible y aquel aire digno que no le abandonaban nunca. Al ver a D'Artagnan, se levantó y dio   cortésmente algunos pasos a su encuentro. Este, por su parte, no abordó a su adversario más que con   sombrero en mano y su pluma colgando hasta el suelo.   
   -Señor -dijo Athos-, he hecho avisar a dos amigos míos que me servirán de padrinos, pero esos dos amigos   aún no han llegado. Me extraña que tarden: no es lo habitual en ellos.   
   -Yo no tengo padrinos, señor -dijo D'Artagnan-, porque, llegado ayer

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