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de muertos tanto franceses como rochelleses.
-Señores -dijo Athos, que había tomado el mando de la expedición-, mientras Grimaud pone la mesa, comencemos a recoger los fusiles y los cartuchos; además podemos hablar al cumplir esa tarea. Estos señores -añadió él señalando a los muertos- no nos oyen.
-Podríamos de todos modos echarlos en el foso -dijo Porthos-, después de habernos asegurado que no tienen nada en sus bolsillos.
-Sí -dijo Aramis-, eso es asunto de Grimaud.
-Bueno -dijo D'Artagnan-, entonces que Grimaud los registre y los arroje por encima de las murallas.
-Guardémonos de hacerlo -dijo Athos-, pueden servirnos.
-¿Esos muertos pueden servirnos? -dijo Porthos-. ¡Vaya, os estáis volviendo loco, amigo mío! -¡«No juzguéis temerariamente», dice el Evangelio el señor cardenal! -respondió Athos-. ¿Cuántos fusiles, señores.
-Doce -respondió Aramis.
-¿Cuántos disparos? -Un centenar.
-Es todo cuanto necesitamos; carguemos las armas.
Los cuatro mosqueteros se pusieron a la tarea. Cuando acababan de cargar el último fusil, Grimaud hizo señas de que el desayuno esta ba servido.
Athos respondió, siempre por gestos, que estaba bien a indicó a Grimaud una especie de atalaya donde éste comprendió que debía quedarse de centinela. Sólo que para suavizar el aburrimiento de la guardia, Athos le permitió llevar un pan, dos chuletas y una botella de vino.
-Y ahora, a la mesa -dijo Athos.
Los cuatro amigos se sentaron en el suelo, con las piernas cruzadas, como los turcos o los canteros.
-¡Ah! -dijo D'Artagnan-. Ahora que ya no tienes miedo de ser oído,