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   Indudablemente Grimaud compartía las dudas del joven; porque al ver que se continuaba caminando hacia el   bastión, cosa que había dudado hasta entonces, tiró a su amo por el faldón de su traje.   
   -¿Dónde vamos? -preguntó por gestos.   
   Athos le sañaló el bastión.   
   -Pero -dijo en el mismo dialecto el silencioso Grimaud- dejaremos ahí nuestra piel.   
   Athos alzó los ojos y el dedo hacia el cielo.   
   Grimaud puso su cesta en el suelo y se sentó moviendo la cabeza.   
   Athos cogió de su cintura una pistola, miró si estaba bien cargada, la armó y acercó el cañón a la oreja de   Grimaud.   
   Grimaud volvió a ponerse en pie como por un resorte.   
   Athos le hizo seña de coger la cesta y de caminar delante.   
   Grimaud obedeció.   
   Todo cuanto había ganado el pobre muchacho con aquella pantomima de un instante es que había pasado   de la retaguardia a la vanguardia.   
   Llegados al bastión, los cuatro se volvieron.   
   Más de trescientos soldados de todas las armas estaban reunidos a la puerta del campamento, y en un grupo   separado se podía distinguir al señor de Busigny, al dragón, al suizo y al cuarto apostante.   
   Athos se quitó el sombrero, lo puso en la punta de su espada y lo agitó en el aire.   
   Todos los espectadores le devolvieron el saludo, acompañando esta cortesía con un gran hurra que llegó   hasta ellos.   
   Tras lo cual, los cuatro desaparecieron en el bastión donde ya los había precedido Grimaud.   

   CAPÍTULO XLVII   EL CONSEJO DE LOS MOSQUETEROS   

   Como Athos había previsto, el bastión sólo estaba ocupado por una docena

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