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satisfacción del cardenal, ir a reclamar su venganza.
Por consiguiente, tras haber viajado toda la noche, a las siete de la mañana estaba en el fuerte de La Pointe, a las ocho había embarcado y a las nueve el navío, que con la patente de corso del cardenal se suponía en franquía para Bayonne, levaba el ancla y navegaba rumbo a Inglaterra.
CAPÍTULO XLVI EL BASTIÓN SAINT-GERVAIS
Al llegar donde sus tres amigos, D'Artagnan los encontró reunidos en la misma habitación: Athos reflexionaba, Porthos rizaba su mostacho, Aramis decía sus oraciones en un encantador librito de horas encuadernado en terciopelo azul.
-¡Diantre, señores! -dijo-. Espero que lo que tengáis que decirme valga la pena; en caso contrario os prevengo que no os perdonaré haberme hecho venir en lugar de dejarme descansar después de una noche pasada conquistando y desmantelando un bastión. ¡Ah, y que no estuvierais allí, señores! ¡Hizo buen calor! -¡Estábamos en otro lado donde tampoco hacía frío! -respondió Porthos haciendo adoptar a su mostacho un rizo que le era particular.
-¡Chis! -dijo Athos.
-¡Vaya! -dijo D'Artagnan comprendiendo el ligero fruncimiento de ceño del mosquetero-. Parece que hay novedades por aquí.
-Aramis -dijo Athos-, creo que anteayer fuisteis a almorzar al albergue del Parpaillot.
-Sí.
-¿Qué tal está? -Por lo que a mí se refiere comí muy mal: anteayer era día de ayuno, y no tenían más que carne.
-¿Cómo? -dijo Athos-. ¿En un puerto de mar no tienen pescado? -Dicen -replicó Aramis volviendo a su piadosa lectura- que el dique que ha hecho construir el señor cardenal lo echa a alta mar.