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cardenal. Un poco más lejos, un grupo de dos hombres y de tres caballos aparecía en la sombra: aquellos dos hombres eran los que debían conducir a Milady al fuerte de La Pointe y velar por su embarque.
El escudero confirmó al cardenal lo que los dos mosqueteros ya le habían dicho a propósito de Athos. El cardenal hizo un gesto aprobador y emprendió la ruta, rodeándose de las mismas precauciones que había tomado al partir.
Dejémosle seguir el camino del campamento, protegido por el escudero y los dos mosqueteros, y volvamos a Athos.
Durante una centena de pasos, había caminado al mismo trote; mas una vez fuera de la vista, había lanzado su caballo a la derecha, había dado un rodeo, y había vuelto a una veintena de pasos, al bosquecillo, para acechar el paso de la pequeña tropa; una vez reconocidos los sombreros bordados de sus compañeros y la franja dorada de la capa del señor cardenal, esperó a que los caballeros hubieran doblado el recodo del camino, y habiéndoles perdido de vista, volvió al galope al albergue que se le abrió sin dificultad.
El hostelero lo reconoció.
-Mi oficial -dijo Athos- ha olvidado hacer a la dama del primero una recomendación importante; me envía para reparar su olvido.
-Subid -dijo el hostelero-, todavía está en su habitación.
Athos aprovechó el permiso, subió la escalera con su paso más ligero, llegó a la meseta y a través de la puerta entreabierta vio a Milady que se ataba su sombrero.
Entró en la habitación y cerró la puerta tras sí.
Al ruido que hizo al empujar el cerrojo, Milady se volvió.
Athos estaba de pie ante la puerta, envuelto en su capa, la capa cubriéndole hasta los ojos.