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seguro; primero diré dos palabras   sobre ello al escudero del cadernal; el resto es cosa mía, no os preocupéis.   
   -¡Sed prudente, Athos! -dijo Aramis.   
   -Estad tranquilos -respondió Athos-, ya sabéis, tengo sangre fría.   
   Porthos y Aramis fueron a ocupar nuevamente su puesto junto al tubo de estufa.   
   En cuanto a Athos, salió sin ningún misterio, fue a tomar su caballo atado con los de sus amigos a los   molinetes de los postigos, convenció con cuatro palabras al escudero de la necesidad de una vanguardia Para   el regreso, inspeccionó con afectación el fulminante de sus pistolas, se puso la espada en los dientes y siguió,   como hijo pródigo, la ruta que llevaba al campamento.   

   CAPÍTULO XL V   ESCENA CONYUGAL   

   Como Athos había previsto, el cardenal no tardó en descender; abrió la puerta de la habitación en que habían   entrado los mosqueteros y encontró a Porthos jugando una encarnizada partida de dados con Aramis. De   rápida ojeada registró todos los rincones de la sala y vio que le faltaba uno de los hombres.   
   -¿Qué ha sido del señor Athos? -preguntó.   
   -Monseñor -respondió Porthos-, ha partido como explorador por algunas frases de nuestro hostelero, que le   han hecho creer que la ruta no era segura.   
   -¿Y vos, que habéis hecho vos, señor Porthos?   -Le he ganado cinco pistolas a Aramis.   
   -Y ahora, ¿podéis volver conmigo?   -Estamos a las órdenes de Vuestra Eminencia.   
   -A caballo pues, señores, que se hace tarde.   
   -El escudero estaba a la puerta y sostenía por las bridas el caballo del

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