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convento.   
   -Pero habría que saber en qué convento está.   
   -Claro -dijo Porthos.   
   -Pero, pensando en ello -dijo Athos-, ¿no pretendéis querido D'Artagnan que ha sido la reina quien le ha   escogido el convento?   -Sí, eso creo por lo menos.   
   -Pues bien, Porthos nos ayudará en eso.   
   -¿Y cómo?   -Pues por medio de vuestra marquesa, vuestra duquesa, vuestra princesa; debe tener largo el brazo.   
   -¡Chis! -dijo Porthos poniendo un dedo sobre sus labios-. La_ creo cardenalista y no debe saber nada.   
   -Entonces -dijo Aramis-, yo me encargo de conseguir noticia,   -¿Vos, Aramis? -exclamaron los tres amigos-. ¿Vos? ¿Y cómo?   -Por medio del limosnero de la reina, del que soy muy amigo -dijo Aramis ruborizándose.   
   Y con esta seguridad, los cuatro amigos, que habían acabado modesta comida, se separaron con la promesa   de volverse a ver aquella misma noche; D'Artagnan volvió a los Mínimos, y los tres mosqueteros alcanzaron el   acuartelamiento del rey, donde tenían que hacer preparar su alojamiento.   

   CAPÍTULO XLIII   EL ALBERGUE DEL COLOMBIER-ROUGE   

   Apenas llegado al campamento, el rey, que tenía tanta prisa por encontrarse frente al enemigo y que, con   mejor derecho que el cardenal, compartía su odio contra Buckingham, quiso hacer todos los preparativos, primero para expulsar a los ingleses de la isla de Ré, luego para apresurar el asedio de La Rochelle; pero, a   pesar suyo, se demoró por las disensiones que estallaron entre los señores de Bassompierre y Schomberg contra el duque de Angulema.   
   Los señores de Bassompiere y Schomberg eran mariscales de Francia y

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