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le transmitieran sus felicitaciones.
Por lo demás, como toda acción hermosa lleva consigo su recompensa, la hermosa acción de D'Artagnan tuvo por resultado devolverle la tranquilidad que había perdido. En efecto, D'Artagnan creía poder estar tranquilo, puesto que de sus dos enemigos uno estaba muerto y otro era adicto a sus intereses.
Esta tranquilidad probaba una cosa, y es que D'Artagnan no conocía aún a Milady.
CAPÍTULO XLII EL VINO DE ANJOU
Tras las noticias casi desesperadas del rey, el rumor de su convalecencia comenzaba a esparcirse por el campamento; y como tenía mucha prisa por llegar en persona al asedio, se decía que tan pronto como pudiera montar a caballo se pondría en camino.
En este tiempo, Monsieur, que sabía que de un día para otro iba a ser reemplazado en su mando bien por el duque de Angulema, bien por Bassompierre, bien por Schomberg, que se disputaban el mando, hacía poco, perdía las jornadas en tanteos, y no se atrevía a arriesgar una gran empresa para echar a los ingleses de la isla de Ré, donde asediaban constantemente la ciudadela Saint-Martin y el fuerte de La Prée, mientras que por su lado los franceses asediaban La Rochelle.
D'Artagnan, como hemos dicho, se había tranquilizado, como ocurre siempre tras un peligro pasado, y cuando el peligro pareció desva necido, sólo le quedaba una inquietud, la de no tener noticia alguna de sus amigos.
Pero una mañana a principios del mes de noviembre, todo quedó explicado por esta carta, datada en Villeroi: «Señor D'Artagnan: Los señores Athos, Porthos y Aramis, tras haber jugado una buena partida en mi casa y haberse divertido mucho, han armado tal escándalo que el preboste del