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   Durante el tiempo que la procuradora pudo seguir con los ojos g su amante, agitó un pañuelo inclinándose   fuera de la ventana, hasta el punto de que se creería que quería tirarse. Porthos recibió todas aquellas señales   de ternura como hombre habituado a semejantes demostraciones. Sóio que al volver la esquina de la calle, se   quitó el sombrero y lo agitó en señal de adiós.   
   Por su parte, Aramis escribía una larga carta. ¿A quién? Nadie sabía nada. En la habitación vecina, Ketty, que   debía partir aquella misma noche para Tours, esperaba aquella carta misteriosa.   
   Athos bebía a sorbos la última botella de su vino español.   
   Mientras tanto, D'Artagnan desfilaba con su compañía.   
   Al llegar al barno de Saint-Antoine, se volvió para mirar alegremente la Bastilla; pero como era solamente la   Bastilla lo que miraba, no vio a Milady que, montada sobre un caballo overo, lo señalaba con el dedo a dos hombres de mala catadura que se acercaron al punto a las filas para reconocerlo. A una interrrogación us   hicieron con la mirada, Milady respondió con un signo que era él. Luego, segura de que no podía haber error   en la ejecución de sus órdenes, espoleó su caballo y desapareció.   
   Los dos hombres siguieron entonces a la compañía, y a la salida del barrio Saint-Antoine montaron en dos   caballos completamente preparados que un criado sin librea tenía en la mano esperándolos.   

   CAPÍTULO XLI   EL SITIO DE LA ROCHELLE   El sitio de La Rochelle fue uno

de los grandes acontecimientos politicos de Luis XIII, y una de las grandes   empresas militares del cardenal. Es por tanto interesante, a incluso necesario, que digamos algunas palabras,   dado que muchos detalles de ese asedio están ligados de manera demasiado importante a la historia que   hemos comenzado a contar para que los pasemos en silencio.   
   Las miras políticas del cardenal cuando emprendió este asedio eran

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