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escrutador que el cardenal, y D'Artagnan sintió aquella mirada correr por sus venas como una fiebre.
Sin embargo puso buena cara, teniendo su sombrero en sus manos y esperando el capricho de Su Eminencia, sin demasiado orgullo, pero también sin demasiada humildad.
-Señor -le dijo el cardenal-, ¿sois vos un D'Artagnan del Béam? -Sí, monseñor -respondió el joven.
-Hay muchas ramas de D'Artagnan en Tarbes y en los alrededores -dijo el cardenal-; ¿a cuál pertenecéis vos? -Soy hijo del que hizo las guerras de religión con el gran rey Enrique, padre de Su Graciosa Majestad.
-Eso está bien. ¿Sois vos quien salisteis hace siete a ocho meses más o menos de vuestra región para venir a buscar fortuna a la capital? -Sí, monseñor.
-Vinisteis por Meung, donde os ha ocurrido algo, no sé muy bien qué, pero algo.
-Monseñor -dijo D'Artagnan-, lo que me pasó...
-Inútil, inútil -replicó el cardenal con una sonrisa que indicaba que conocía la historia tan bien como el que quería contársela-; esta bais recomendado al señor de Tréville, ¿no es así? -Sí, monseñor, pero precisamente, en ese desgraciado asunto de Meung...
-Se perdió la carta -prosiguió la Eminencia-; sí, ya sé eso; pero el señor de Tréville es un fisonomista hábil que conoce a los hombres a primera vista, y os ha colocado en la compañía de su cuñado, el señor des Essarts, dejándoos la esperanza de que un día a otro entraríais en los mosqueteros.
-Monseñor está perfectamente informado -dijo D'Artagnan.
-Desde esa época os han pasado muchas cosas: os habéis paseado por detrás de los Chartreux cierto día que más hubiera valido que estuvieseis