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triste conclusión cuando entró en la antecámara. Entregó su carta al ujier de servicio, que lo   hizo pasar a la sala de espera y se metió en el interior del palacio.   
   En aquella sala de espera había cinco o seis guardias del señor cardernal que, al reconocer a D'Artagnan y   sabiendo que era él quien había herido a Jussac, lo miraban sonriendo de manera singular.   
   Aquella sonrisa le pareció a D'Artagnan de mal augurio; sólo que como nuestro gascón no era fácil de   intimidar, o mejor, gracias a un orgullo natural de las gentes de su región, no dejaba ver fácilmente lo que pasaba en su alma cuando aquello que pasaba se parecía al te mor, se plantó orgullosamente ante los señores   guardias y esperó con la mano en la cadera, en una actitud que no carecía de majestad.   
   El ujier volvió a hizo seña a D'Artagnan de seguirlo. Le pareció al joven que los guardias, al verlo alejarse,   cuchicheaban entre sí.   
   Siguió un corredor, atravesó un gran salón, entró en una biblioteca y se encontró frente a un hombre   sentado ante un escritorio y que escribía.   
   El ujier lo introdujo y se retiró sin decir una palabra. D'Artagnan permaneció de pie y examinó a aquel   hombre.   
   D'Artagnan creyó al principio que tenía que habérselas con algún juez examinando su dossier, pero se dio   cuenta de que el hombre del escritorio escribía o mejor corregía líneas de desigual longitud, contando las palabras con los dedos; vio que estaba frente a un poeta; al cabo de un instante, el poeta cerró su manuscrito   sobre cuya cubierta estaba escrito: MIRAME, tragedia en cinco actos, y alzó la cabeza.   
   D'Artagnan reconoció al cardenal.   

   CAPÍTULO XL   EL CARDENAL   

   El cardenal apoyó su codo sobre su manuscrito, su mejilla sobre su mano, y miró un instante al joven. Nadie   tenía el ojo más profundamente

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