Inicio   [800x750]    Acerca de


palabra de honor, tengo prisa, mucha   prisa. Soltadme, pues, osto suplico y dejadme ir a donde tengo que hacer.   
   -Señor -dijo Áthos soltándole-, no sois cortés. Se ve que venís de lejos.   
   D'Artagnan había ya salvado tres o cuatro escalones, pero a la observación de Athos se detuvo en seco.   
   -¡Por todos los diablos, señor! -dijo-. Por lejos que venga no sois vos quien me dará una lección de Buenos   modales, os lo advierto.   
   -Puede ser -dijo Athos.   
   -Ah, si no tuviera tanta prisa -exclamó D'Artagnan-, y si no corriese detrás de uno...   
   -Señor apresurado, a mí me encontraréis sin comer, ¿me oís?   -¿Y dónde, si os place?   -Junto a los Carmelitas Descalzos.   
   -¿A qué hora?   -A las doce.   
   -A las doce, de acuerdo, allí estaré.   
   -Tratad de no hacerme esperar, porque a las doce y cuarto os prevengo que seré yo quien coma tras vos y   quien os corte las orejas a la camera.   
   -¡Bueno! -le gritó D'Artagnan-. Que sea a las doce menos diez.   
   Y se puso a comer como si lo llevara el diablo, esperando encontrar todavía a su desconocido, a quien su   paso tranquilo no debía haber llevado muy lejos.   
   Pero a la puerta de la calle hablaba Porthos con un soldado de guardia. Entre los dos que hablaban, había el   espacio justo de un hombre. D'Artagnan creyó que aquel espacio le bastaría, y se lanzó para pasar como una   flecha entre ellos dos. Pero D'Artagnan no había contado con el viento. Cuando iba a pasar, el viento sacudió   en la amplia capa de Porthos, y D'Artagnan vino a dar precisamente en la capa. Sin duda, Porthos tenía   razones para no abandonar aquella parte esencial de su

Capítulo disponible en: Inglés Francés Italiano Portugués Rumano Siguiente