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Sus preocupaciones sobre el equipo   habían desaparecido por entero, y cada rostro no conservaba otra expresión que las de sus propias y secretas inquietudes; porque detrás de cualquier felicidad presente se oculta un temor futuro.   
   De pronto Planchet entró con dos cartas dirigidas a D'Artagnan.   
   Una era un pequeño billete gentilmente plegado a lo largo con un lindo sello de cera verde en el que estaba   impresa una paloma trayendo un ramo verde.   
   La otra era una gran epístola rectangular y resplandecinte con las armas terribles de Su Eminencia el   cardenal duque.   
   A la vista de la carta pequeña, el corazón de D'Artagnan saltó, porque había creído reconocer la escritura; y   aunque no había visto esa escritura más que una vez, la memoria de ella había quedado en lo más profundo de   su corazón.   
   Cogió, pues, la epístola pequeña y la abrió rápidamente.   
   «Paseaos (se le decía) el miércoles próximo entre las seis y las siete de la noche, por la ruta de Chaillot, y   mirad con cuidado en las carrozas que pasen, pero si amáis vuestra vida y la de las personas que os aman, no   digáis ni una palabra, no hagáis un movimiento que pueda hacer creer que habéis reconocido a la que se   expone a todo por veros un instante.»   Sin firma.   
   -Es una trampa -dijo Athos-, no vayáis, D'Artagnan.   
   -Sin embargo -dijo D'Artagnan-, me parece reconocer la escritura.   
   -Quizá esté amañada -replicó Athos-; a las seis o las siete, a esa hora, la ruta de Chaillot está completamente   desierta: sería lo mismo que iros a pasear por el bosque de Bondy.   
   -Pero ¿y si vamos todos? -dijo D'Artagnan-. ¡Qué diablos! No nos devorarán a los cuatro; además, cuatro   lacayos; además, los cabal1os;

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