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precio con el chalán, Athos contaba   las cien pistolas sobre la mesa.   
   Grimaud tuvo un caballo picardo, achaparrado y fuerte, que costó trescientas libras.   
   Pero comprada la silla de este último caballo y las armas de Grimaud, no quedaba un céntimo de las   cincuentas pistolas de Athos. D'Artagnan ofreció a su amigo que mordiera un bocado en la parte que le correspondía, con la obligación de devolverle más tarde lo que hubiera tomado en préstamo.   
   Pero Athos se limitó a encogerse de hombros por toda respuesta.   
   -¿Cuánto daba el judío por quedarse con el zafiro? -preguntó Athos.   
   -Quinientas pistolas.   
   -Es decir, doscientas pistolas más; cien pistolas para vos, cien pistolas para mí. Si eso es una auténtica   fortuna, amigo mío. Volved a casa del judío.   
   -¡Cómo! ¿Queréis...?   -Decididamente ese anillo me traía recuerdos demasiado tristes; además, nunca tendríamos trescientas   pistolas para devolverle, de modo que perderíamos dos mil libras en este asunto. Id a decirle que el anillo es   suyo, D'Artagnan, y volved con las doscientas pistolas.   
   -Reflexionad, Athos.   
   -El dinero contante es caro en los tiempos que corren, y hay que saber hacer sacrifios. Id, D'Artagnan, id;   Grimaud os acompañará con su mosquetón.   
   Media hora después, D'Artagnan volvió con las dos mil libras y sin que le hubiera ocurrido ningún accidente.   
   Así fue como Athos encontró en su ajuar recursos que no se esperaba.   

   CAPÍTULO XXXIX   UNA VISIÓN   

   A las cuatro, los cuatro amigos se hallaban reunidos en casa de Athos.

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