Capítulo disponible en: Inglés
Francés
Italiano
Portugués
Rumano
Siguiente
quedó completamante estupefacto al ver a su protegido dar un salto, enrojecer de cólera y lanzarse fuera del gabinete gritando: -¡Ah, maldita sea! Esta vez no se me escapará.
-¿Pero quién? -preguntó el señor de Tréville.
-¡El, mi ladrón! -respondió D'Artagnan-. ¡Ah, traidor! Y desapareció.
-¡Diablo de loco! -murmuró el señor de Tréville-. A menos -añadió-que no sea una manera astuta de zafarse, al ver que ha marrado su golpe.
CAPÍTULO IV EL HOMBRO DE ATHOS, EL TAHALÍ DE PORTHOS Y EL PAÑUELO DE
ARAMIS
D'Artagnan, furioso, había atravesado la antecámara de tres saltos y se abalanzaba a la escalera cuyos escalones contaba con descender de cuatro en cuatro cuando, arrastrado por su camera, fue a dar de cabeza en un mosquetero que salía del gabinete del señor de Tréville por una puerta de excusado; y al golpearle con la frente en el hombro, le hizo lanzar un grito o mejor un aullido.
-Perdonadme -dijo D'Artagnan tratando de reemprender su carrera-, perdonadme, pero tengo prisa.
Apenas había descendido el primer escalón cuando un puño de hierro le cogió por su bandolera y lo detuvo.
-¡Tenéis prisa! -exclamó el mosquetero, pálido como un lienzo-. Con ese pretexto golpeáis, decís: «Perdonadme», y creéis que eso basta. De ningún modo, amiguito. ¿Creéis que porque habéis oído al señor de Tréville hablarnos un poco bruscamente hoy, se nos puede tratar como él nos habla? Desengañaos, compañero; vos no sois el señor de Tréville.
-A fe mía -replicó D'Artagnan al reconocer a Athos, el cual, tras el vendaje realizado por el doctor, volvía a su alojamiento-, a fe mía que no lo he hecho a propósito, ya he dicho «Perdonadme». Me parece, pues, que es bastante. Sin embargo, os lo repito, y esta vez es quizá demasiado,