Capítulo disponible en: Inglés
Francés
Italiano
Portugués
Rumano
Siguiente
cuenta de que tenía que vérselas con un hombre.
Creyó entonces que era algún asesino.
-¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Socorro! -gritó.
-¡Cállate desgraciado! -dijo el joven-. Soy D'Artagnan, ¿no me reconoces? ¿Dónde está tu amo? -¡Vos, señor D'Artagnan! -exclamó Grimaud espantado-. Imposible.
-Grimaud -dijo Athos saliendo de su cuarto en bata-, creo que os permitís hablar.
-¡Ay, señor, es que!...
-Silencio.
Grimaud se contentó con mostrar con el dedo a su amo a D'Artagnan.
Athos reconoció a su camarada, y con lo flemático que era soltó una carcajada que motivaba de sobra la mascarada extraña que ante sus ojos tenía: cofias atravesadas, faldas que caían sobre los zapatos, mangas remangadas y mostachos rígidos por la emoción.
-No os riáis, amigo mío -exclamó D'Artagnan-; por el cielo, no os riáis, porque, por mi alma os lo digo, no hay nada de qué reírse.
Y pronunció estas palabras con un aire tan solemne y con un espanto tan verdadero que Athos le cogió las manos al punto exclamando: -¿Estaréis herido, amigo mío? ¡Estáis muy pálido! -No, pero acaba de ocurrirme un suceso terrible. ¿Estáis solo, Athos? -¡Pardiez! ¿Quién queréis que esté en mi casa a esta hora? -Bueno, bueno.
Y D'Artagnan se precipitó en la habitación de Athos.
-¡Venga, hablad! -dijo éste cerrando la puerta y echando los cerrojos para no ser molestados-. ¿Ha muerto el rey? ¿Habéis matado al señor cardenal? Estáis completamente cambiado; veamos, veamos, decid, porque realmente me muero de inquietud.
-Athos -dijo D'Artagnan desembarazándose de sus vestidos de mujer y