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que vestía-, es cierto vísteme como   puedas, pero démonos prisa; compréndelo, se trata de vida o muerte.   
   Ketty no comprendía demasiado; en un visto y no visto le puso un vestido de flores, una amplia cofia y una   manteleta; le dio las pantuflas, en las que metió sus pies desnudos, luego lo arrastró por los escalones. Justo a tiempo, Milady había hecho ya sonar la campanilla y despertado a todo al palacio. El portero tiró del cordón a la   voz de Ketty en el momento mismo en que Milady, también medio desnuda, grita ba por la ventana: -¡No

abráis!   CAPÍTULO XXXVIII   CÓMO, SIN MOLESTARSE, ATHOS ENCONTRÓ SU EQUIPO   

   El joven huía mientras ella lo seguía amenazando con un gesto impotente. En el momento que lo perdió de   vista, Milady cayó desvanecida en su habitación.   
   D'Artagnan estaba tan alterado que, sin preocuparse de lo que ocurriría con Ketty atravesó medio Paris a   todo correr y no se detuvo hasta la puerta de Athos. El extravío de su mente, el terror que lo espoleaba, los gritos de algunas patrullas que se pusieron en su persecución y los abucheos de algunos transeúntes, que pese   a la hora poco avanzada, se dirigían a sus asuntos, no hicieron más que precipitar su camera.   
   Cruzó el patio, subió los dos pisos de Athos y llamó a la puerta como para romperla.   
   Grimaud vino a abrir con los ojos abotargados de sueño. D'Artagnan se precipitó con tanta fuerza en la   antecámara, que estuvo a punto de derribarlo al entrar.   
   Pese al mutismo habitual del pobre muchacho, esta vez la palabra le vino.   
   -¡Eh, eh, eh! -exclamó-. ¿Qué queréis, corredora? ¿Qué pedís, bribona? D'Artagnan alzó sus cofias y sacó sus manos de debajo de la manteleta; a la vista de sus mostachos y de su   espada desnuda, el pobre diablo se dio

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