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-Pero ¿cuando os digo que podéis confiar en mi ternura? -No tengo el día de mañana para esperar.
-Silencio; oigo a mi hermano, es inútil que os encuentre aquí Llamó. Apareció Ketty.
-Salid por esa puerta -dijo ella empujándolo hacia una puertecilla oculta-, y volved a las once; acabaremos esta entrevista. Ketty os introducirá en mi cuarto.
La pobre niña pensó caerse hacia atrás al oír estas palabras.
-Y bien, ¿qué hacéis, señorita, permaneciendo ahí inmóvil com una estatua?Vamos, llevad al caballero; y esta noche, a las once, habéis oído.
-Parece que sus citas son siempre a las once -pensó D'Artagnan-; es un hábito adquirido.
Milady le tendió una mano que él beso tiernamente.
-Veamos -dijo al retirarse y respondiendo apenas a los reproches de Ketty-, veamos, no hagamos el imbécil; decididamente es una mujer es una gran malvada; tengamos cuidado.
CAPÍTULO XXXVII EL SECRETO DE MILADY
D'Artagnan había salido del palacete en vez de subir inmediatamenl a la habitación de Ketty, pese a las instancias que le había hecho la joven, y esto por dos razones: la primera, porque de esta forma evitaba los reproches, las recriminaciones, las súplicas; la segunda, porque no le importaba leer un poco en su pensamiento y, si era posible, en el de aquella mujer.
Todo cuanto él tenía de más claro dentro es que D'Artagnan amaba a Milady como un loco y que ella no lo amaba nada de nada. Por un instante, D'Artagnan comprendió que lo mejor que podría hacer sería regresar a su casa y escribirle a Milady una larga carta en la que le confesaría que él