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ella sacó una carta de su bolso y   se la entregó.   
   Aquella carta era de la escritura de Milady, sólo que esta vez estaba dirigida a D'Artagnan y no al señor de   Wardes.   
   La abrió y leyó lo que sigue:   «Querido señor D'Artagnan, está mal descuidar así a sus amigos, sobre todo en el momento en que se los va   a dejar por tanto tiempo. Mi cuñado y yo os hemos esperado ayer y anteayer inútilmente. ¿Pasará lo mismo   esta tarde?   Vuestra muy agradecida,   Lady Clarick. »   -Es muy sencillo -dijo D'Artagnan-, y esperaba esta carta. Mi crédito está en alza por la baja del conde de   Wardes.   
   -¿Es que iréis? -preguntó Ketty.   
   -Escucha, querida niña -dijo el gascón, que trataba de excusarse a sus propios ojos de faltar a la promesa   que le había hecho a Athos-, comprende que sería descortés no responder a una invitación tan positiva. Milady,   al ver que no volvía, no comprendería nada de la interrupción de mis visitas, podría sospechar algo, y ¿quién   puede decir hasta dónde iría la venganza de una mujer de ese temple?   -¡Dios mío! -dijo Ketty-. Sabéis presentar las cosas de forma que siempre tenéis razón. Pero vais a seguir haciéndole la torte, y si esta vez vais a agradarle bajo vuestro verdadero nombre y vuestro verdadero rostro,   será mucho peor que la primera vez.   
   El instinto hacía adivinar a la pobre niña una parte de lo que iba a pasar.   
   D'Artagnan la tranquilizó lo mejor que pudo y le prometió permanecer insensible a las seduciones de Milady.   
   Le hizo responder que era imposible estar más agradecido a sus bondades y que se ponía a sus órdenes;   pero no se atrevió a escribirle por miedo a no poder disimular suficientemente su escritura a unos ojos tan ejercitados como los de Milady.   
   Al sonar las nueve, D'Artagnan estaba en la Place Royale. Era evidente

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