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   -¡Imposible! -exclamó Milady-. Imposible que un gentilhombre haya escrito a una mujer semejante carta.   
   Luego, de pronto, temblando:   -¡Dios mío! -dijo ella-. Sabrá... -y se detuvo.   
   Sus dientes rechinaban, estaba color ceniza; quiso dar un paso hacia la ventana para ir en busca de aire,   pero no pudo más que tende los brazos, le fallaron las piernas y cayó sobre un sillón.   
   Ketty creyó que se mareaba y se precipitó para abrir su corsé. Pero Milady se levantó con presteza.   
   -¿Qué queréis? -dijo-. ¿Y por qué me ponéis las manos encima?   -He pensado que la señora se mareaba y he querido ayudarla -respondió la sirvienta, completamente   asustada por la expresión terrible que había tomado el rostro de su ama.   
   -¿Marearme yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Me tomáis por una mujerzuela Cuando se me insulta no me mareo, me vengo,   ¿entendéis?   Y con la mano hizo a Ketty señal de que saliese.   

   CAPÍTULO XXXVI   SUEÑO DE VENGANZA   

   Por la noche, Milady ordenó introducir al señor D'Artagnan tai pronto como viniese, según su costumbre.   Pero no vino.   
   Al día siguiente Ketty vino a ver de nuevo al joven y le contó todo lo que había pasado la víspera; D'Artagnan   sonrió; aquella celosa cólera de Milady era su venganza.   
   Por la noche, Milady estuvo más impaciente aún que la víspera renovó la orden relativa al gascón, mas, como   la víspera, lo esperó en vano.   
   Al día siguiente Ketty se presentó en casa de D'Artagnan, no alegre y viva como los dos días anteriores, sino   por el contrario triste hasta morir.   
   D'Artagnan preguntó a la pobre niña lo que tenía; mas por toda respuesta

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