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corredor, ni en la puerta principal. Fue preciso   que D'Artagnan encontrase él solo la escalera y el cuarto.   
   Ketty estaba sentada con la cabeza oculta entre sus manos y lloraba.   
   Oyó entrar a D'Artagnan pero no levantó la cabeza; el joven fue junto a ella y le cogió las manos; entonces   ella estalló en sollozos.   
   Como D'Artagnan había presumido, Milady, al recibir la carta, le había dicho todo a su criada en el delirio de   su alegría; luego, como recompensa por la forma de haber hecho el encargo esta vez, le había dado una bolsa.   Ketty, al volver a su cuarto, había tirado la bolsa en un rincón donde había quedado completamente abierta,   vomitando tres o cuatro piezas de oro sobre el tapiz.   
   A la voz de D'Artagnan la pobre muchacha alzó la cabeza. D'Artagnan mismo quedó asustado por el   transtorno de su rostro. Juntó las manos con aire suplicante, pero sin atreverse a decir una palabra.   
   Por poco sensible que fuera el corazón de D'Artagnan, se sintió enternecido por aquel dolor mudo; pero le   importaban demasiado sus proyectos, y sobre todo aquél, para cambiar algo en el programa que se había   trazado de antemano. No dejó, pues, a Ketty ninguna esperanza de ablandarlo, sólo que presentó su acción   como simple venganza.   
   Por lo demás esta venganza se hacía tanto más fácil cuanto que Milady, sin duda para ocultar su rubor a su   amante, había recomendado a Ketty apagar todas las luces del piso, a incluso de su habitación. Antes del alba   el señor de Wardes debería salir, siempre en la oscuridad.   
   Al cabo de un instante se oyó a Milady que entraba en su habitación. D'Artagnan se abalanzó al punto a su   armario. Apenas se había acurrucado en él cuando se dejó oír la campanilla.   
   Milady parecía ebria de alegría, se hacía repetir por Ketty los menores detalles de la pretendida entrevista de   la doncella con de Warder, cómo

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