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-¿Me perdonáis? -Veremos -dijo majestuosamente Porthos.
Y ambos se separaron diciéndose: Hasta esta noche.
«¡Diablos! -pensó Porthos al alejarse-. Me parece que me estoy acercando por fin al baúl de maese Coquenard.»
CAPÍTULO XXXV
DE NOCHE TODOS LOS GATOS SON PARDOS
Aquella noche, tan impacientemente esperada por Porthos y D'Artagnan, llegó por fin.
D'Artagnan, como de costumbre, se presentó hacia las nueve en casa de Milady. La encontró de un humor encantador; jamás lo había recibido tan bien. Nuestro gascón vio a la primera ojeada que su billete había sido entregado, y ese billete producía su efecto.
Ketty entró para traer sorbetes. Su amante le puso una cara encantadora, le sonrió con una sonrisa más graciosa, mas, ¡ay!, la pobre chica estaba tan triste que no se dio cuenta siquiera de la benevolencia de Milady.
D'Artagnan miraba juntas a aquellas dos mujeres y se veía forzado a confesar que la naturaleza se había equivocado al formarlas; a la gran dama le había dado un alma venal y vil, a la doncella le había dado un corazón de duquesa.
A las diez Milady comenzó a parecer inquieta. D'Artagnan comprendió lo que aquello quería decir; miraba el péndulo, se levantaba, se volvía a sentar, sonreía a D'Artagnan con un aire que quería decir: Sois muy amable sin duda, pero seríais encantador si os fueseis.
D'Artagnan se levantó y cogió su sombrero; Milady le dio su mano a besar; el joven sintió que se la estrechaba y comprendió que era por un sentimiento no de coquetería, sino de gratitud por su marcha.
-Lo ama endiabladamente -murmuró. Luego salió.
Aquella vez Ketty no lo esperaba, ni en la antecámara, ni en el